A lo largo de nuestras vidas, y muchas veces sin darnos cuenta, se nos está diciendo cómo debemos de pensar-sentir-actuar.   La educación, sociedad, cultura, la TV, los demás,…  Constantemente recibimos mensajes, más o menos explícitos, del tipo “has de…”  “tienes que…” “debes de…” Debido a esa presión y en demasiadas ocasiones, terminamos cediendo, haciendo que persigamos un determinado ideal de persona.  Incluso ésas frases las incorporamos a nuestro lenguaje interno, haciéndolas nuestras. Y lo que es peor, juzgándonos en función de dicho ideal.
Todo ello hace que se produzca un desequilibrio que en el fondo nos hace sufrir, pues nuestra verdadera forma de ser, está siempre latente y deseando “salir al exterior”.  Una cosa es lo que se espera de nosotros, y otra muy distinta lo que realmente somos.
Personalmente, me di cuenta de todo esto cuando prácticamente había salido de la ansiedad.  Fue entonces cuando fui consciente de la gran influencia que ello había tenido en alimentarla.  El saber que ya no tenía que esforzarme en demostrar nada… me llenó de una grata sensación de serenidad.  Y lo que es mejor, ver que a partir de entonces nada cambiaba a mi alrededor, aunque yo sí lo había hecho.