Muchos de vosotros me habéis preguntado “¿la ansiedad te cambió? La respuesta es… SÍ. Para mi superar la ansiedad, fue ante todo pasar por un proceso en el que, precisamente para salir de ella, debía volver a encontrarme conmigo mismo. O quizás mejor dicho, debía encontrarme por primera vez.  Recuperar mi vida fue un dejar atrás una forma de pensar, de concebir la vida, de percibir a los demás e inclusive a mi mismo.  Por lo que salir de la ansiedad fue un cuestionarme prácticamente todo, que lo que era válido en mi… poco a poco te das cuenta que ha dejado de serlo. Un volver a empezar. Desechar un montón de esquemas mentales que ni tan siquiera sabía que tenía. Yo ni era consciente de mi propio ego, no sabía hasta qué punto y de qué forma tan refinada me importaba la opinión de los demás.  No era consciente de lo perfeccionista que era ni a cuántos campos de mi vida llegaba todo ello.
Con el tiempo comprendí que siendo de aquella manera… inevitablemente estaba abocado a ella, pues mi organismo ya no podía soportar más la autopresión a la que me estaba sometiendo. La ansiedad fue para mi la forma que tuvo mi cuerpo/mente de decirme… “¡Basta! No puedes seguir más por ese camino”.  Y creedme, me resistí mucho a asumir todo ello.  En mis años de no aceptar la ansiedad, en el fondo lo que había era una resistencia a cambiar de forma de ser.  Tampoco sabía qué era lo que tenía que cambiar ni hacia dónde dirigirme. Era la época en la que pasé por los filos más duros de la ansiedad.
Aún no sé muy bien cómo, me dirigí hacia el único lugar donde aún no había buscado la solución.  Me dirigí hacia mi interior.  Quizás fue por pura necesidad, ya que no había nada en el exterior que me quitara aquello de encima.
La ansiedad “me venció”.  No podía salir de la ansiedad con los mismos esquemas mentales con los que había entrado en ella. No tuve más remedio que detenerme… y escucharla. No sus síntomas… sino lo que había tras ella. No sus sensaciones… sino lo que me quería decir.  Me daba miedo ese reinventarme, ese no saber hacia dónde ir o qué hacer conmigo mismo.  Pero pronto descubrí que no había motivo para temer, pues en el propio caminar… por añadidura… te vas encontrando lo que necesitas en cada momento.  ¡Cuánta verdad hay en las palabras de Machado! “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Como ya sabéis, me subí a un peñón junto al mar… largas tardes pasé allí subido… con más de una lágrima y demasiadas preguntas sin contestar… hasta que finalmente quedó en mi el silencio.  Fue a partir de ahí cuando empecé a escuchar mi interior.  Esa “voz” que siempre había estado enmudecida por el vaivén de los acontecimientos y por las autoexigencia que los demás me habían dicho que debía tener. Esa “voz” que al final te hace entender que, cuando dejas de hacer preguntas (el silencio interior)… es cuando encuentras las respuestas.  Donde te das cuenta que nunca hubo necesidad de tanto esfuerzo ni lucha… y menos contra uno mismo.   Fue un dejarme en paz… un dejarme estar… un sentir profundo, cálido y sereno… donde todo se aquieta y a la vez todo fluye. Un permitir que todo mi ser “se pose”… para al fin así poder reconocerme.
Sí amigo/a,  la ansiedad me cambió.