Existen personas que para salir de la ansiedad necesitan también escapar de su propio ego. Ese fue precisamente mi caso.
No sé muy bien aún cómo, pero empezó a importarme tanto lo que opinaban los demás de mí que comencé a tratar de hacerlo todo perfecto, para que nadie pudiese tener una opinión negativa sobre mi persona.  Esa actitud, esa forma de afrontar la vida la mantuve durante muchos años, por lo que finalmente me identifiqué con mi reputación. Terminé siendo lo que los demás esperaban de mi.  Vivir así era como estar permanentemente en un juicio en el que se jugaba mi bienestar interior. Si los demás me “aplaudían” me sentía bien, si los demás me critican me hundía. Bastaba cualquier desaire de alguien para centrarme en eso… y sufrir. Al final te vuelves “adicto” de esos aplausos que tanto necesitas para tratar de evitar el rechazo. Haces lo que sea necesario para conseguirlos, no sabes vivir sin ellos, sin que los demás te digan lo hábil, capaz, inteligente, agradable o responsable que eres. De esa manera, poco a poco, se fue formando en mi un diálogo interno donde las frases más repetidas eran “tienes que…”  “has de…”  “debes de…” Comenzaron así mismo formarse ideas del tipo “para ser feliz, necesito que los que me rodean me tenga en estima, apruebe todo lo que hago y me traten con simpatía”.  Sin querer, sin darme cuenta, había puesto mi felicidad en manos de los demás. Eso fue un error que encandena con otro error, esto es, “la felicidad procede del exterior”.
Y como contentar a todo el mundo es imposible, como la perfección siempre es un blanco móvil,… y como el ser humano no está preparado para ese nivel de autoexigencia… me quebré.  Me vino la ansiedad.  Aunque ahora que lo veo desde la distancia que me da el tiempo… es más exacto decir que la ansiedad ya la tenía desde hacía mucho. Pues precisamente vivía ansioso por obtener la aprobación de los demás.
El ego siempre te dice tres cosas erróneas: “Eres lo que haces” “Eres lo que tienes” “Eres tu reputación”. Años tardé en darme cuenta de ello y de cuál recóndito y escondido estaba el origen de mi ansiedad.  En darme cuenta que yo era yo… independientemente de lo que pensaran los demás de mi.  Que no había una ley que dijera que yo tenía que contentar a los demás.  Que mi miedo a que los demás no me aprobasen no era más que miedo a ser yo mismo.
Recuerdo que todo ello llegué a tenerlo en mente durante bastante tiempo, pero no terminaba de cambiar… y por lo tanto mis crisis de ansiedad y mi nerviosismo perpetuo continuaba. No cambiaba porque sentía que era como estar justo al borde de un precipicio y saber que “la cura” era dar un paso más.  Mucho tiempo me quedé allí, sabiendo lo que tenía que hacer pero sin llegar efectivamente hacerlo. Aquello era como un acto de fe, tenía que dar ese paso más… y saber que no me iba a caer.  Por pura necesidad de acabar con el sufrimiento de mi ansiedad… terminé por dar ese paso. Y no me caí.  No te caes.  Al contrario, comienzas a sentirte libre de ser tu mismo, de no tener que demostrar nada a nadie. De sentir que toda esa “energía” que antes destinaba a agradar a los demás, la utilizaba para disfrutar de la vida, en un dejarse fluir donde te das cuenta que tienes fuerza para todo… y a la vez que todo requiere menos esfuerzo.
Se acabó la lucha… precisamente porque te das cuenta que no hay necesidad de enfrentarte a nada.