Ese es uno de los grandes dilemas que muchas personas con ansiedad tienen a la hora de tratar de superarla.  Personalmente las tomé durante dos períodos especialmente duros que tuve a lo largo de mis años de ansiedad. No pasa nada por hacerlo. Hay casos y momentos en los que se necesita tomar medicación, siempre y cuando sea bajo el control de un médico.  Con la ansiedad se sufre mucho, y un sufrimiento excesivo puede agotar a la persona. De ahí una de las utilidades de la medicación, mitiga ese sufrir. De alguna manera te permite tener un poco más de “energía vital” para seguir adelante. 
Seguro que habrás escuchado de gente que superó la ansiedad sin medicamentos.  Sí, claro que las hay.  Pero porque cada persona es un mundo.  Una de las cosas que la ansiedad enseña es que no nos debemos comparar.  De hacerlo estamos repitiendo uno de los “programas” que precisamente nos llevan a ella. 
Lo que más se teme a la hora de tomar pastillas para la ansiedad es al “enganche” y a la posterior retirada del medicamento. No voy a decir que fue precisamente fácil dicha retirada, pero a la larga hubiese sido peor no haberlas tomado. Digamos que fue un mal menor. Esa bajada de dosis la hice muuuuy lenta, muy paulatina, sin marcarme plazos y siguiendo las indicaciones médicas. 
Con todo ello no estoy defendiendo el uso de la medicación como único medio para salir de la ansiedad. Sino que tal y como he dicho antes, hay casos y momentos en los que sí es necesario su uso.  Mi consejo es que si los profesionales en los cuales confías te han indicado que tomes pastillas, hazlo con toda la tranquilidad, siguiendo al pie de la letra sus instrucciones.  
Personalmente pienso que la medicación es como la barandilla de una escalera, ayudar ayuda, pero quien ha de subir los escalones eres tú.  Así mismo no hemos de olvidar lo más importante para salir de la ansiedad: EL APRENDIZAJE. Y ese aprender no viene concentrado en una pastilla. Si nos centramos sólo en la medicina como única tabla salvavidas, estaremos en la tabla mucho tiempo sin llegar a tocar tierra y sin aprender a remar.  La ansiedad trae debajo del brazo una lección de vida, y hasta que no la aprendamos seguiremos cursándola.