Suele definirse la zona de confort como aquel espacio vital en el que te sientes seguro. Donde lo que hay dentro es conocido y tienes cierto sentimiento de control sobre lo que hay en ella.
Cuando se tiene agorafobia, percibes claramente esa zona de confort, está nítida en tu mente o para ser más exactos en tu imaginación. Percibes que puedes llegar hasta tal calle o lugar, pero no más allá. Como si alguien hubiese dibujado un círculo alrededor de tu casa, donde fuera de esa línea se abre un abismo lleno de incertidumbre y peligros. Igual que los marinos en la Edad Media, que creían que más allá del horizonte se acababa el mar. Al menos así era como lo percibía cuando no podía salir de mi casa. 
Pero quedarse dentro de la zona de confort es partir del hecho de que tu bienestar depende de las condiciones externas en las que te encuentres, de dónde te halles o de lo que estés haciendo. De que tu tranquilidad no depende de ti, de que ésta ha de proporcionarla algo ajeno o externo a tu persona.
Voy a decir algo que quizás impacte.  La zona de confort externa a nosotros no existe.  No es real, es ficticia e imaginaria. Creer que existe es sólo consecuencia de haberse creído una mentira. ¿No lo crees? Date cuenta de cómo cuando has estado fuera de dicha zona y te has tranquilizado, todo se suavizó. Observa cómo esa zona, mal llamada de confort porque recluido en ella tampoco te sientes bien, es tan grande o pequeña como el miedo dice que sea. Es tu temor quien determina la amplitud de ese espacio vital. Esto no sólo podemos aplicarlo a la agorafobia, si no también a cualquier otra situación.  
La tranquilidad o bienestar no está fuera, está en nuestro interior, está en la forma en la que nos percibimos e interpretamos cuanto nos rodea.  Por lo tanto, la verdadera zona de confort es interna. Ese cambio de perspectiva es crucial.
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Esa zona de seguridad verdaderamente está en nuestro interior: 
– Cuando estamos en paz con nosotros mismos. 
– Cuando a nivel interno están alineados pensamientos, sentimientos y acciones. 
– Cuando nuestra serenidad no la hemos depositado en el exterior.
Entonces esa zona de confort nos acompañará allá donde vayamos, pues está dentro de nosotros y habitamos en ese espacio de paz. Cuando abrimos dicho espacio en nuestro interior, las fronteras y líneas exteriores se disuelven conforme vaya creciendo. El centro comercial, el trabajo, el cine,… todo ello no son más que lugares o situaciones neutras.  
Calma la mente practicando meditación y confrontando los pensamientos con la más pura realidad. Ve hacia tus adentros, silencia, afloja, destensa… y cuando percibas paz, querrá decir que habrás llegado a tu verdadera zona de confort. Quédate ahí y viaja en ella por la vida.