¿Cuánta ansiedad nos produce tratar de ser como otra persona? Sinceramente mucha. Nos comparamos quizás con quienes tienen éxito, popularidad… y nos sentimos inferiores a ellas. No hace falta que nos comparemos con famosos de la TV, solemos hacerlo más bien con aquellas de nuestro entorno más cercano. Envidiamos su simpatía, su naturalidad, su fuerza, coraje, habilidad, su aparente felicidad y una vocecilla nos dice “yo quiero ser como ella”.
A partir de ese momento, comienza un conflicto interno en el que la parte de nosotros que quiere ser como la otra persona, lucha contra lo que somos. Nos fracturamos. Es como si jugásemos al ajedrez contra nosotros mismos. Ese juego no podemos ganarlo porque todas las fichas del tablero forman parte de nosotros. ¿Quién gana? ¿Quién pierde? Es una lucha sin sentido que sólo nos lleva al agotamiento y la frustración.
Y lo más importante, en todo conflicto, en toda lucha, hay implícita una ansiedad por conseguir el objeto de nuestro deseo y un miedo por no conseguirlo. Con lo cual ya nos estamos dando una “dosis” gratuita de tensión que nos llena de malestar. 
No tenemos que ser como nadie. No tenemos que ser como nuestro padre, nuestro amigo,… ni tan siquiera como aquella persona que superó la ansiedad. Tú eres tú. ¡Tú ya eres alguien! Cada persona tiene su propio camino que recorrer y ése es el camino correcto para esa persona. No vivas siguiendo los pasos de alguien, pues su sombra te impedirá ver el sol con tus propios ojos. No mires el mundo a través de los ojos de los demás. Tú tienes tu propia mirada y es tan valiosa como la de cualquier otro. 
Cuando nos empeñamos en ser como alguien, automáticamente aparece cierto grado de sufrimiento. Ésa es la señal inequívoca de que nos estamos creyendo un pensamiento falso: “tengo que ser como esa persona”. 
Si hay algo de ti mismo que no te gusta, comienza por comprenderte. Fíjate cómo cuando comprendemos a alguien dejamos de juzgarlo. Ya no hay etiqueta, ya no hay recriminación ni acusación ni culpa. Surge el afecto, el cariño y la proximidad. Pues bien, esa misma actitud aplicada a nosotros. Comprendernos nos libera del juicio que nos hacemos. Y es curiosamente desde ahí, desde la no-lucha hacia nuestra persona, cuando todo cambio se hace posible. No quizás el cambio que deseamos, pero sí el que necesitamos para nuestro propio caminar.  
Trátate con respeto siendo tú mismo.