En mi primer año de ansiedad, sentía una gran vergüenza por el hecho de tenerla. Aunque por aquél entonces aún no sabía muy bien qué me estaba ocurriendo, sí que me consideraba una especie de enfermo mental. El hecho de que nadie me explicase bien qué era la ansiedad, me llevó a tener esa falsa creencia sobre mi mismo.
Tras la primera crisis pasé, literalmente de la noche a la mañana, de tener una intensa vida social a recluirme en casa. ¿Por qué me recluí? Porque tenía dos tipos de miedos. El primero era que la crisis volviera a darme en la calle. El segundo era miedo a que me diese delante de mi amistades o que éstas se enteraran. Con el tiempo me fui dando cuenta que el segundo era más intenso que el primero. No quería que quienes me conocían lo supieran. ¿Por qué no quería? pues porque hasta ese momento, había sido una persona que había estado dando una imagen de que todo lo podía, competente, inagotable trabajador, fuerte, capaz,… y no soportaba que los demás me viesen de una manera diferente. A partir de ahí, fue cuando me di cuenta de cuánto me importaba la opinión que los demás tuviesen de mi. Para mi fue un duro golpe que me llevó bastante tiempo digerir, aceptar y sanar. Estaba claro que en ese punto, la ansiedad había venido a enseñarme… HUMILDAD. Humildad que inicialmente interpretaba como humillación. Pero no, son dos cosas distintas. Nadie me estaba humillando, sólo era mi ego el que así se sentía. Humildad es reconocer que somos humanos, falibles, de carne y hueso, que tenemos límites y que no hay necesidad de ir demostrando lo que no somos.
Ese segundo miedo fue quien más estaba alimentando mi agorafobia. Llevaba un año recluido en casa, pero en el fondo y en ese sentido, en verdad no estaba protegiéndome. Lo único que estaba haciendo era proteger la imagen que los demás tenían de mi, porque yo así lo necesitaba para sentirme querido y aceptado.
Durante ese año de reclusión, las crisis continuaron dentro de casa. El hecho de que no saliese a la calle no hacía que no las tuviera. Así que poco a poco ese primer miedo comenzó a carecer de sentido, pues total, las crisis me daban independientemente de dónde me encontrara. Lentamente comencé a salir, a tratar de ir cada vez una esquina más lejos. En mi interior sabía que ésa era la salida. No podía continuar como hasta ese momento pues mi vida se había detenido. Estaba claro que de mi ansiedad se salía literalmente por la puerta de mi casa.
Pero continuaba con ese miedo a que me diese una crisis ante alguien que conociera o que se enteraran. Eso era un auténtico freno. Recuerdo que iba por sitios por donde era poco probable que me encontrase a algún amigo, por miedo a que en su presencia me diese una crisis. Hasta que, cansado, harto, hastiado ya de ese miedo, hubo un momento en el que me dije “si se enteran que se enteren, yo quiero salir”. Y es que las personas cambiamos cuando auténticamente nos cansamos de sufrir, que mientras nos quede aguante y resistencia continuamos haciendo lo mismo aunque lo pasemos mal. A partir de ahí, me fui liberando de la constante tensión de tener que estar preocupado por la opinión de los demás. Comprobé que cuanto menos me importaba qué pudieran pensar mis amistades, más fácil me resultaba salir a la calle. Mi nivel de ansiedad en las salidas bajó, aunque aún la sentía, pero ya no era ese nivel máximo que antes tenía. Curiosamente, no volvió a darme una crisis fuerte en la calle. Continué teniendo momentos duros, pero a base de continuar saliendo y seguir trabajándome a nivel interior, lentamente fueron bajando de intensidad hasta que finalmente desaparecieron.
Con todo esto me gustaría deciros que, si sentís vergüenza por tener ansiedad, priorizad en vosotros. En lo que realmente necesitáis y no en lo que creáis necesitar de los demás. Que lo que otros piensen, son sólo SUS pensamientos, de la misma manera que tú tienes los tuyos sobre ellos. Y que nada de eso tiene que ver con tu valía como persona. Que el andar protegiendo SUS pensamientos tiene un coste demasiado alto para tu vida. Que los demás están en sus vidas y que la tuya no puede detenerse por sus opiniones. Que no eres erróneo en ningún momento. No tienes nada de qué avergonzarte. Eres lo que eres, sientes lo que sientes y estás pasando por el momento que estás pasando… ¿¡y qué pasa!? Son los demás pero sobre todo esta sociedad, la que se avergüenza de ser humanos. Cada vez más personas se comportan como máquinas, siempre perfectos, competentes, infalibles, haciéndolo todo deprisa,… Con lo que al final, todos terminan representando un papel, una máscara ante los demás pues absolutamente nadie en el fondo es así. Salte de esa obra de teatro. Deja de ser un actor ante los demás y sé el protagonista de tu propia vida. Si los demás se avergüenzan de ser humanos, no lo hagas tú también. Posiblemente la ansiedad ha venido a humanizarte, al igual que me vino a mi.
De la ansiedad, de la agorafobia, no se sale por el sofá del comedor, ni siendo un actor ante los demás. Se sale literalmente por la puerta de tu casa y por tu interior, aceptando radicalmente tu pensar y sentir. Sin resistencias. Con cariño, ternura, comprensión y compasión hacia tu persona.
Se sale siendo lo que ya eres: HUMANO.
Sé genuino.
Sé tú.