Ese fue el deseo más profundo que tuve durante la mayor parte del tiempo que tuve ansiedad. Recuperar mi vida. Volver a salir, viajar, reunirme con mis amigos, ir y hacer lo que quisiera tal y como hacía antes de que el miedo apareciese. Pero los años pasaban y no la recuperaba por más que lo deseaba, me esforzara y tratara de encontrar solución a mi ansiedad
Poco a poco fui llegando a una conclusión que al principio fue dolorosa, pero que con el tiempo comprendí que en el fondo fue liberadora: no podía recuperar mi vida. Y no podía hacerlo por dos razones. La primera, porque “aquel Rafa” ya no podía continuar con esa vida llena de perfeccionismo, control, impaciencia, dependencia y autoexigencia. Y la segunda, porque aquella ya no era mi vida. La vida no es lo que sucedió, ni tampoco lo que sucederá. LA VIDA ES LO QUE SUCEDE, aquí y ahora. Es el continuo presente. Todo es vida. No podía recuperar mi vida porque ya estaba viviendo una vida, con ansiedad, sí, pero ésa era la vida que en esos momentos tenía que vivir. La que en ese momento estaba experimentando. La que experimentamos en cada momento. 
Cierto es que cuando estaba inmerso en la ansiedad, sobre todo en las épocas de crisis, sentía cómo me limitaba, cómo el miedo se comía mi vida. Pero cuando conseguí adoptar cierta perspectiva de mi mismo y de lo que me sucedía, me di cuenta, de que lo que me limitaba era a continuar siendo perfeccionista, controlador, impaciente, dependiente y autoexigente. Y como hasta ese momento no sabía ser de otra manera, por eso sentía que la ansiedad me limitaba. Fui observando que cuando era menos perfeccionista, menos controlador,… sentía menos ansiedad. 
El tiempo pasó y la ansiedad hizo que terminara por rendirme. No en el sentido de tirar la toalla, sino en el sentido de dejar de luchar contra ella y de aceptar que en aquellos instantes, aquella era mi vida. Curiosamente, fue en la rendición y en la aceptación, donde comencé a ver que la vida tornaba, iba dejando atrás tanto sufrimiento, tantas crisis y se abría algo nuevo. Una nueva etapa de ese continuo llamado vida, que se recorría más ligero de equipaje. Sobre todo sin la pesada carga de andar todo el tiempo demostrando ser perfecto por temor a que me rechazasen. No podía más, debía de elegir, continuar llevando una máscara o atreverme a ser yo mismo. Ese “no poder más” hizo que al final optara por lo segundo. Sí, perdí amigos. Pero me encontré conmigo mismo. Y al hacerlo, vinieron otros nuevos. Poco a poco, ligero de equipaje, volví a salir, a viajar, a ir y hacer lo que quisiera. Volví hacerlo. Pero no lo hizo “aquel Rafa”. Por medio la vida había continuado y me había enseñado que había otra manera de vivirla. Antes de la ansiedad, creía que para ser feliz tenía que asegurarme el aplauso de los demás, precisamente cuando dejé de hacerlo comencé a experimentar la libertad. Como puedes ver en el apartado del blog “Carta a la ansiedad – testimonios”, no es la misma persona la que entra que la que sale.  
No trates de recuperar la vida de antes tal cual. Eso es como tratar de recuperar el agua de río que ya se vertió en el mar. Ábrete a la vida y te encontrarás contigo mismo. Lo demás… vendrá por añadidura.