Amamos la libertad, pero continuamente nos estamos juzgando y culpando, reprimimos nuestros sentimientos. No permitimos nuestro sentir.
Amamos la libertad, pero tratamos de someter nuestro pensamiento, no decimos lo que sentimos o pensamos y dependemos de la aceptación de los demás para sentirnos bien. 
En la ansiedad sentimos que perdemos libertad, que nos encierra. Que no nos deja hacer lo que queremos. 
Pero… 
¿No será que antes de la ansiedad ya estábamos presos?
¿Que la ansiedad sea sólo el grito de nuestro organismo y de nuestro ser más íntimo diciéndonos “déjame libre”? 
¿Que el sufrimiento y la angustia sea nuestro íntimo sentir ante los muros y rejas que interiormente hemos ido construyendo? 
¿No será que el deseo de libertad que sentimos en la ansiedad vaya más allá de la propia ansiedad? 
Pero ganar en libertad, no es conformarnos con ampliar el espacio de nuestra celda. Ganar en libertad es darnos cuenta de que los muros no son necesarios para ser feliz.