Solemos vivir la ansiedad como si algo malo hubiese en nosotros. Como si yo, como persona, fuese erróneo, no adecuado, distinto a los demás, inclusive con las personas que vemos pasar desde nuestra ventana. “Ellos pueden hacer sus vidas y yo… aquí estoy sin poder hacer la mía”. Y como consecuencia de hacer eso, nos convencemos de que efectivamente “soy distinto”, como si de una prueba irrefutable se tratara. El resultado de hacer eso no puede ser otro que la frustración, la pesadumbre y el sufrimiento. 
Pero si nos fijamos en lo que hacemos ahí, el compararnos, lo hemos estado haciendo toooooda la vida. Bien con los demás, con lo que se espera de nosotros o con otras “versiones” de nosotros mismos que nos imaginamos. Por lo que en el fondo, ese sufrimiento no es nuevo. Lo experimentamos de una manera distinta, pero no es la primera vez que lo hemos sentido.  La familia, la escuela, la sociedad, el grupo de iguales,… suelen lanzarnos mensajes del tipo “No hagas tal cosa…” “No hagas tal otra…” “Has de ser más…” “Has de ser menos…” “No seas…” Imposible de esa manera llegar a sentirse satisfecho con uno mismo. Con lo que al final, creemos que hemos de estar continuamente corrigiéndonos, perfeccionándonos y superándonos. Llegamos a creernos que nunca somos lo suficientemente buenos y que por lo tanto, siempre hemos de andar demostrando nuestra valía. Y así es como entramos en el juego de construir un mejor “yo”, llegando a considerarlo como normal, porque es lo que todo el mundo hace. Con lo cual, la sociedad, las relaciones,… se convierten en un absurdo baile de a ver quién es el más guapo, inteligente, hábil, gracioso, popular, encantador,… llenándonos así de la tensión de estar obligados a ser quienes no somos. 
Hasta que un día llega la ansiedad y nos dice “¡¡BASTA, NO PUEDO MÁS!!, no puedo seguir manteniendo ese personaje”, sacándonos de ese juego. Por eso también nos sentimos diferentes, porque ya no podemos continuar en esa dinámica. Por lo tanto, una parte del malestar que sentimos en la ansiedad, no proviene de ella, sino de querer continuar en ese baile de disfraces titulado “a ver quién es el mejor”, representando un personaje que llamamos “mi manera de ser”. 
Hay muchos factores que nos mantienen en la ansiedad, y ese es uno de ellos, el aferrarnos al pasado, a lo que éramos, y sobre todo a aquello que precisamente nos llevó a la ansiedad. ¿Te imaginas al cuerpo humano protegiendo un virus que está ocasionando fiebre? Pues eso es justo, sin darnos cuenta, lo que hacemos al apegarnos al pasado, a nuestra propia forma de pensar y gestionar la vida. 
Al ir descubriendo aspectos como los que acabamos de ver, me di cuenta de lo que quizás fue el primer giro que tuve que dar para salir de la ansiedad. Para mi fue como caer del guindo. Esto es, que la ansiedad no es el problema, es sólo la CONSECUENCIA. La consecuencia de un montón de creencias, hábitos, formas de pensar, prioridades,… que tenía, que me hacían mantenerla en el tiempo y que llenaban de miedo. Me pasé muchos años creyendo que el salir de la ansiedad se trataba de ir sólo eliminando síntomas… y ¡no!. No era así. Los síntomas son sólo el efecto, la luz en el panel que me avisaba de que había de tomarme la vida de otra manera. De una manera más real, natural, sencilla, más en lo que somos y no lo que me exigía o exigían. De que en la vida, muy pocas cosas son de verdad importantes. De que sólo existe este momento, aquí y ahora. En definitiva… un regresar a mi esencia más íntima.