Sí que lo sentimos con mucha más intensidad desde que apareció la ansiedad. Pero el miedo no es nuevo. Tanto es así, que mucho antes de que ésta apareciese, nos  hemos estado guiando por él en infinidad de ocasiones. ¿Cuántas veces hemos sentido miedo…?
  • A no ser aceptado
  • A cometer errores
  • A defraudar a los demás.
  • A no tener la suficiente capacidad para afrontar situaciones.
  • A ser un “don nadie”
  • A que me vean débil.
  • Al qué pensarán de mi.
  • A qué siento en mi interior y por eso vivo de “piel hacia fuera”
  • A la muerte, huyendo incluso de hablar de ella.
Y llegó la ansiedad con sus síntomas (los cuales sí son nuevos) y en el fondo lo que ocurrió es que esos mismos miedos se intensificaron:
  • Si tengo ansiedad me verán distinto y no me aceptarán.
  • Con ansiedad me concentro menos y puedo cometer más errores.
  •    ”            ”      puedo defraudar a los demás.
  •    ”            ”      me siento con menos capacidad para afrontar.
  •    ”            ”      no podré tener éxito y seré un “don nadie”.
  •    ”            ”      me verán débil.
  • Cuando tengo ansiedad no quiero sentir lo que siento.
  •  Si me ven con síntomas… ¡qué pensarán de mi!
  • Me da auténtico pánico la muerte.
Es decir, los mismos miedos de antes pero intensificados. Con lo cual nos recluimos en casa y huimos porque LO QUE NOS DA MIEDO ES SENTIR algo de todo eso. Entonces en el fondo… ¿el problema es la ansiedad? ¿O la ansiedad lo único que ha hecho es intensificar lo que ya había? ¿No será que estábamos sordos y nuestro organismo nos está gritando para que sanemos lo que viene de antiguo? Nos da la sensación de que aparecen miedos nuevos como salir a la calle o tener una enfermedad. Pero en el fondo esos miedos tienen un componente de miedo a que me vean débil y miedo a la muerte. Por eso luchar contra la ansiedad no sirve de nada, porque contra lo que estamos luchando es contra el amplificador, en un “deja de gritar y que me quede con mis miedos de antes que podía soportarlos”. Pero de verdad te digo que si el amplificador se activó… es que en el fondo ya no podías soportar más vivir así.
La ansiedad nunca es el problema, es la consecuencia de no habernos ocupado de nosotros mismos durante mucho tiempo, de no darnos los que necesitamos. Fíjate cómo cuando llega la ansiedad, nuestro foco de atención se gira hacia nosotros mismos. Pero solemos hacerlo de manera inadecuada, nos prestamos atención en el sentido de estar alerta “a ver cómo estoy por si corro peligro”. Y esa no es el tipo de atención que necesitamos. Hemos de calibrar ese foco y graduarlo hacia “a ver qué necesito para estar en paz conmigo mismo”. Y hacer eso no es egoísmo. Eso es necesidad. La necesidad de que te ocupes de ti de una vez por todas. Necesidad de aprehender a cuidarte, valorarte, tratarte con respeto y ver con claridad que el único objetivo que has tenido en la vida ha sido el de ser feliz. Y no me refiero al sucedáneo de felicidad que nos venden en los centros comerciales y en los anuncios de televisión. Me refiero a una felicidad íntima, entrañable, sentida,… y para ello se necesita muuuuy poquitas cosas. No necesitas impresionar a nadie, ni preocuparte por el qué pensarán, ni tener éxito,… pues nada de eso hace feliz a nadie, podrás tener placer momentáneo, pero no felicidad.
El miedo siempre ha estado en nuestras vidas. Es hora de que lo atiendas, de que te atiendas. Si ves que no sabes cómo hacerlo, busca un buen psicólogo que te ayude. Practica meditación para llegar a ver con claridad qué hay en ti. Practica deporte para sentir cómo tu cuerpo se expande. Lleva un estilo de vida saludable como fruto de darte aquello que te beneficia. Lee buenos libros que te enriquezcan interiormente y nutra de buenas aspiraciones a tu corazón.

En definitiva…

deja de preocuparte por la ansiedad

y empieza a ocuparte de ti.