Nos llega la ansiedad y de pronto comenzamos a sentir en el cuerpo un sin fin de síntomas y sensaciones que hasta entonces, no sabíamos ni que se podían sentir. Es como si de buenas a primeras, nuestro organismo no parara de llamar nuestra atención.
Algo que me quedó claro tras mi paso por la ansiedad, es que nada nos ocurre para nuestro mal, que detrás de cuanto nos acontece siempre hay una intención positiva de la vida, de Dios, destino, Universo,… como queráis llamarlo. Años más tarde descubrí, que incluso, en cualquier decisión que tomemos (sea acertada o no) igualmente siempre hay detrás una intención positiva. Jamás actuamos para equivocarnos ni para hacernos daño. Nada ocurre para nuestro mal, aunque en el momento así lo sintamos, pero todo tiene su para qué y siempre es positivo.
Ante todo ello podríamos preguntarnos ¿qué de positivo trata de decirnos el organismo a través de los síntomas? Responder a esa pregunta implica reconocer una “sabiduría corporal” que trata de comunicarnos algo. Creer esto último no es de descabellados, ya que hay técnicas aplicadas en terapia como es el Focusing, donde precisamente se tiene acceso de manera directa a esa sabiduría corporal. Así que hacernos esa pregunta es quizás una de las más acertadas que podemos hacernos ¿Y cómo podemos saber ese mensaje positivo? Una de las maneras es preguntarnos ¿A qué me está obligando mi cuerpo a través de la ansiedad? A mi me obligó a detenerme, ya que llevaba un ritmo de vida que eso sí que era una locura. Me obligó a mirar hacia mis adentros, allí donde no quería mirar. Me obligó a cuidarme, hacer deporte, escuchar mis necesidades, dedicarme tiempo, cuidados,… cosa que jamás había hecho. Me obligó a replantearme cuál era el sentido de mi vida, ya que hasta entonces seguía al pie de la letra las directrices marcadas por la sociedad sin pararme a tomar conciencia de qué era lo que realmente deseaba. Me llevó a tenerme en estima, ya que siempre había hecho lo que los demás esperaban de mi.
Esto último también podemos llevarlo a los síntomas, como si cada uno de ellos tuviera un mensaje implícito ¿A qué me obliga una taquicardia? A detenerme, a desacelerar, a situarme en la calma ¿Y un mareo? A centrarme, a tomar un rumbo ¿Y la desrealización/despersonalización? A entrar en la realidad o en mi mismo ¿Y la tensión alta? A dejar de tensionarme ¿Y la agorafobia? A que no podemos estar más tiempo recluidos de la vida ¿Y la cascada de pensamientos negativos? A comprobar una y otra vez que ninguno es cierto y que por lo tanto no hemos de identificarnos con ellos, no tomárnoslo tan en serio. Si yo en mi vida me hubiese detenido, desacelerado, situado en la calma, me hubiese centrado y tomar un rumbo adecuado a mi persona, entrado en la realidad y en mi mismo, no recluirme de la vida, no creído mis pensamientos,… ¿hubiese tenido ansiedad? Tengo cristalino que no la hubiese tenido. Tuvo que llegar la ansiedad y toda su batería de síntomas para que me diese cuenta de lo que no estaba haciendo por mi. Y no pude enterarme de qué es lo que me querían decir hasta que no dejé de rechazarlos. Estaba tan ocupado combatiéndolos que no tenía capacidad para atenderlos y escucharlos realmente.
Si por ejemplo yo tengo hipocondría ahí a lo que me está “obligando” es a estar pendiente de mi. A prestarme atención, tiempo, cuidados,… Que es precisamente de lo que adolecemos. Es decir, ese dirigir nuestra atención hacia nosotros, es lo que habitualmente no hacemos en nuestra vida. Por supuesto no estoy diciendo que debamos hacerlo desde el miedo, sino desde un sentido mucho más amplio. Es como preguntar a nuestro cuerpo  ¿QUÉ ES LO QUE AÚN NO HE HECHO POR TI?  O ¿QUÉ ES LO QUE AÚN NO HE HECHO POR MI? Y observa cómo en tu vida no te atiendes, no cubres tus necesidades de descanso, esparcimiento, alimentación, de regulación del sueño,… Cómo no te escuchas, no tienes en consideración tus deseos, lo que precisas, antepones la opinión de los demás a tu persona,…  Cómo prefieres llevar razón a ser feliz. Cómo tu orgullo no te hace plantearte que la causa de tu sufrimiento, pueda estar precisamente en ese orgullo. Cómo no te quieres, aprecias y actúas en función del valor que tienes. Y observa cómo todo ello te llena de tensión que el cuerpo se ve obligado a expulsar en forma de síntomas.
La ansiedad no vino a fastidiarme la vida, aunque así lo creí durante años. Vino a decirme lo que no era capaz de escuchar de otra manera, para poder continuar con mi vida.