La experiencia me dice que uno de los ejes centrales sobre el que gira la ansiedad es la FALTA DE CONFIANZA EN LA VIDA. Por eso tenemos miedo, porque instintivamente tratamos de protegernos de aquello que no confiamos. Sé que cuenta verlo cuando estamos en medio de ella, tardé bastantes años en darme cuenta.
Nos marchamos al futuro porque no nos fiamos de qué nos pueda traer, cuando en verdad toooodo está transcurriendo en el presente. Éso en el fondo es huir de nuestra vida ya que ésta siempre transcurre en el aquí y en el ahora. Nos preocupamos de lo que pueda pasar mientras desatendemos lo que está pasando. Por ello sufrimos en nuestro presente, porque no nos estamos ocupando de él. No estamos EN él ¿Quién no va a tener miedo imaginándose el peor de los futuros? ¡TODO EL MUNDO!
En esa desconfianza hacia lo que nos pueda traer la vida, llenamos nuestro presente de escudos y murallas para protegernos de lo que imaginamos. Como si se tratara de esa ciudad medieval a la que llegaran rumores de que iba a ser atacada. Pasan los días, las semanas, los meses… y el ataque no llega ¿Te imaginas a esa población? Siempre en los puestos de guardia, sin salir, sin cultivar, sin recoger agua fresca, sin relacionarse con otras ciudades, sin poder prosperar… por si “¿y si se produce el ataque?” Y mientras tanto en tooodo ese tiempo realmente no hubo peligro externo alguno, podían haber vivido en paz, de hecho lo estaban. Esa población sufre por sus defensas, no por un enemigo. Lo único que les está atacando es su propio estado de alerta mantenido en el tiempo.
Pues bien, con la ansiedad nos ocurre lo mismo. Lo que nos hace sufrir no es el “enemigo” de la vida, son toooodas esas defensas que construimos, es ese permanente estado de alerta el que nos dificulta el día a día. Nunca hemos de perder de vista que buena parte de la vida es lo que nosotros hagamos con ella, nuestra propia forma de desenvolvernos en ella. Cierto es que hay factores que no dependen de nosotros, pero ante ello… ¿de verdad vale la pena vivir amurallados? ¿Acaso el precio no es demasiado alto? Es altísimo, pues AL PROTEGERNOS DE LA VIDA LO ÚNICO QUE ESTAMOS HACIENDO ES PERDÉRNOSLA.
Sentado en un peñón junto al mar, meditando, poco a poco fui asomándome fuera de la muralla… y descubrí que verdaderamente no había motivo para haber levantado semejante muro. Al darme cuenta de eso… las piedras fueron cayéndose conforme iba adentrándome en la vida. Sé que una de las primeras cosas que nos dicen cuando tenemos ansiedad, es que no hay motivo para tener miedo. Y éso lo sabemos. Pero lo sabemos como dato, no como certeza. Se trata sólo de un conocimiento que habita en la cabeza, pero la garganta, pecho, estómago y vientre te dicen otra cosa. Por ello hay que salir de la muralla una y otra vez, una y otra vez, hasta que el resto de nuestro cuerpo se alinee.
Salir de la muralla no es tanto valentía, es CONFIANZA. ¿Y cómo se aprende a confiar? CONFIANDO. De la misma manera que a nadar se aprende nadando, metiéndote en el agua. No es sencillo, lo sé. Pero la experiencia me dice que es el camino más seguro y directo. Del miedo se sale a través del propio miedo. Atravesándolo. Y para recorrer ese camino, no hace falta realizar grandes heroicidades, sino ir avanzando poquito a poco toooodos los días. Sé que muchos de esos días nos falta empuje, pero párate a observar cómo al otro lado del miedo… estás tú mismo, pues en el fondo estás esperándote. Así que…

¡VE A TU ENCUENTRO!