Cuando se lleva un tiempo con ansiedad, llega un momento en el que llegamos a plantearnos “¿Qué hago? ¿Vivir con miedo o afrontarlo?” Los dos caminos nos resultan complicados, pues ahí sentimos que estamos eligiendo entre sufrir por un camino y sufrir por el otro. Es decir, nos vemos como obligados a elegir entre sufrir y sufrir. Ello hace que precisamente nos quedemos inmóviles en muchos momentos, con lo cual en el fondo sin querer elegimos lo aparentemente más fácil: permanecer en el miedo buscando el alivio inmediato. Pero en ello, en esa encrucijada, lo que realmente deseamos es que no tengamos que transitar por ninguno de los dos caminos. Que el miedo desaparezca sin ni tan siquiera tener que elegir quedándonos en un “Yo lo que quiero es vivir tranquilo”.  Pero observa cómo desde esa plataforma en la que nos situamos sufrimos más, precisamente porque el miedo no nos deja tranquilos. 
Ante todo ello sólo nos queda una salida, aceptar que el miedo está ahí, que lo sentimos. Que está en nuestra vidas. No me estoy refiriendo en este paso a aceptar los síntomas del miedo, sino asumir que tenemos miedo, que está presente en muchos momentos de nuestro día. Que por muy fuertes que nos creamos o fuéramos antes de la ansiedad,… TENEMOS MIEDO  “¿Pero cómo voy a tener yo miedo? ¿Cómo puede estar esto pasándome a mi?” solía decirme. Tuve que rendirme ante la más pura evidencia: sí, lo tengo. Rendirme no en el sentido catastrofista de tirar la toalla, sino en el sentido de RECONOCER la realidad. 
Personalmente me costó años dar ese paso debido a la imagen de fortaleza que tenía ante mi mismo y ante los demás. Pero ahí se me abrió otra decisión: defender mi imagen huyendo del miedo o reconocer que lo sentía. Darme cuenta de que para salir de la ansiedad tenía que soltar la imagen que durante tanto tiempo y esfuerzo había dedicado a mantener fue un época dura. Pero el propio hecho de soltarla también me daba miedo porque… “si yo no iba a ser eso… ¿qué o quién soy yo?” Con lo cual entré en una especie de crisis de identidad. Recuerdo que esa etapa fue especialmente difícil, pues veía que para salir del miedo tenía que dejar ir una parte de lo que hasta ése momento había sido o creía ser: una imagen. 
¿Cómo lo hice? Dándome cuenta de lo absurdo de mantener ese personaje, esa máscara ¿Cómo? Observando cuánto de mi vida había destinado a llevarla puesta, cuánto dolor y sufrimiento me había ocasionado tanto empeño por mi parte en representarla ¿De verdad valía la pena? ¿Siiii? ¿De verdad? Logré soltar aquel personaje cuando lo sentí como inútil a mi bienestar. Percibí dentro de mi que las efímeras satisfacciones que podía darme, en nada compensaba el sufrimiento que tenía que “pagar” a cambio. Cuando de manera sentida me di cuenta verdaderamente de ello, no es que soltara la máscara, sino que se me fue cayendo sola poco a poco. Y en ese proceso descubrí algo importante. Que la pregunta “¿quién soy si no soy eso?” no tenía sentido, pues siempre y en todo momento “SOMOS”. El ser humano ya “ES”, independientemente de la imagen con la que nos identifiquemos o queramos dar. Y que por lo tanto, no necesitamos esa imagen para ser feliz, todo lo contrario, es el mantenerla lo que nos hace infelices.
Volvamos a la pregunta inicial “¿qué es más fácil vivir con miedo o afrontarlo? La experiencia y el observar mi sentir hizo que cambiara de cuestión a otra que describía mejor lo que realmente pasaba dentro de mi ¿Qué era más fácil vivir con máscara o sin ella? En ese punto también estuve bastante tiempo. Pero cuando llegas a darte cuenta de que es la máscara quien nos hace infelices… ya no hay pregunta, no hay duda, HAY CERTEZA. En ese momento el personaje se nos va cayendo. Y al no andar defendiendo algo ficticio, dejamos de temer de que los demás se den cuenta de que la imagen que mostrábamos era una mentira. Por que es éso lo que realmente nos da miedo, que los demás se den cuenta de que lo que les estábamos mostrando era una mentira. Que el “yo fuerte, resolutivo, capaz, audaz, perfeccionista, inteligente, creativo, …” TIENE MIEDO. Con lo cual la ansiedad vino a humanizarme y por lo tanto a mostrarme tal y como era. 
¿Y sabes? Es muy curioso. Cuando no andas por la vida defendiendo, protegiendo, atrincherado,… es entonces cuando puedes caminar por ella. Que es la propia defensa la que nos hace sufrir. Y ahí te das cuenta de que la pregunta “¿quién soy?” carece de sentido (al menos inicialmente) porque de lo que se trata es de saber quién no soy, qué personajes estoy representando, pues conforme vamos disolviéndolos… el SER brota por si mismo.  Nuestra esencia no necesita de una etiqueta que lo defina pues “YA ES” y siempre lo será.