Al llevar un tiempo con ansiedad, es muy común el comenzar a plantearnos preguntas existenciales. También pasé por ahí. Conforme iban transcurriendo los años, me di cuenta que ya mi forma de pensar, actuar, sentir e interpretar ya no eran válidos, pues enseguida me asaltaban una batería de síntomas que me llenaban de sufrimiento. Era causa y efecto. Así fue como comencé a darme cuenta de que el problema eran mis procesos internos. Por lo que llegó un momento en el que me asaltó la máxima pregunta existencial que un ser humano puede hacerse “¿Quién soy?” Si yo no podía ser como hasta ese momento porque sino la ansiedad me come… ¿quién soy? El no tener respuesta me llenó de una angustia vital. Comencé así a tratar de llenarme de teorías y frases de autores, como si yo fuese ellos, tratándome de construir una identidad. Me pasaba el día diciendo y pensando “Como decía tal autor…” procurando ser como ése autor decía que había que ser. Ahí lo único que estaba haciendo era tratar de agarrar otro concepto, como el anterior ya no me era válido, trataba de adoptar otro nuevo. 
Pero ¿sabéis? Ello no nos llena. No podemos ser como otra persona, por muy reconocida y famosa que sea, puesto que ya somos alguien. Ni tampoco somos cualquier otro concepto porque todos son limitados y el ser humano no cabe dentro de ninguno de ellos.
Sí, vale, ya somos alguien ¿Pero quién? Entré en una profunda crisis existencial. Eso en el fondo simplemente era que el “viejo Rafa” estaba siendo cuestionado, ya había cumplido su función y el “nuevo Rafa” comenzaba a cobrar forma. Ese tránsito no es fácil, puede llegar a ser muy duro, pues lo viejo aún no ha muerto y lo nuevo aún no ha nacido. Por lo que si no nos quedamos estancados en la propia crisis, no es malo pasar por ella pues simplemente se trata de un síntoma de evolución. El ser humano es un ser cíclico por naturaleza, en nuestra vida hay ciclos que se cierran y otros nuevos que aparecen. Por lo que la dureza de ese tránsito lo es tanto en cuanto nos resistimos a ese flujo natural.
Sobre la pregunta ¿quién soy?” hay ríos y ríos de tinta desde la filosofía, psicología y religiones. Multitud de intelectuales y teólogos han escrito tratando de dar una respuesta y si revisamos la bibliografía, no hay un acuerdo entre toda ella. Cada cual da su propia visión y conforme avanza el tiempo cada nueva teoría contradice a la anterior. Con lo cual en el fondo, por mucho que se escriba, la pregunta aún sigue en el aire ¿Por qué? ¿Quizás sea porque la pregunta no es tan necesaria como creemos?
A nivel personal, el no tener respuesta durante tanto tiempo y el ir adentrándome en la meditación, hizo que entrara en una larga temporada de silencio interior. Conforme iba ahondando en ese silencio me di cuenta de una cosa, que efectivamente no necesitaba tener un concepto intelectual sobre quién soy porque durante toooodo ese tiempo que no tenía respuesta, yo seguía existiendo, seguía siendo. Y lo más importante, me di cuenta de que cuanto más soltaba la pregunta, esa crisis existencial iba disminuyendo.
“Yo soy abogado, madre, joven, anciano, miedoso, valiente, trabajador, hermano, optimista, pesimista, amigo, español, jardinero, espiritual,…” son sólo conceptos intelectuales que en el fondo nada dicen de nosotros como seres esenciales ¿Cuánto tiempo y esfuerzo destinamos a preservar ante los demás el “yo soy así”? Una barbaridad ¿Vale realmente la pena esa defensa? Además, fíjate cómo cuando ocurre algo realmente grave en nuestras vidas, todos esos conceptos carecen de importancia.
El no saber quiénes somos nos genera una gran duda porque creemos que deberíamos de saberlo. Como si necesitáramos un concepto sobre el que asentar nuestra personalidad y si no lo tenemos, nos quedáramos como en el aire, en un vacío insoportable. Pero… ¿de verdad es necesario tener ese concepto? La experiencia me dice que no. Que mientras tengamos ese concepto lo único que estamos haciendo es vivir en la mente, en lo intelectual, y ello en el fondo no nos llena como personas, haciendo que continuemos enfrascados en una búsqueda sin fin. Cuando solté la necesidad de buscar una identidad con el pensamiento, comenzó a surgir más paz en mi y a dejar brotar una forma de ser que anteriormente estaba “taponada” por un concepto intelectual. Una forma de ser basada en unos valores sobre los cuales toda mi vida había estado girando sin darme cuenta de ellos. Y es que cuando se renuncia a esa necesidad, se aclara tu visión interna. Y cuando ves… ya no necesitas pensar, ya no es necesario el pensamiento porque simplemente sientes lo que eres.
Para llegar ahí, a ese punto de renuncia, se requiere como dije antes de un silencio interior que poquito a poco hay que ir cultivando. Ello implica dejar de juzgarte, pues todo juicio no es más que otro concepto intelectual, otro pensamiento en el que sufrimos enormemente ¿Y por qué sufrimos? Porque no cabemos dentro de él. Se nos hace estrecho, angosto, insoportable ser lo que ese juicio dice sencillamente porque no lo somos. 
No voy a ser yo quien te diga quién eres, pues ello no dejaría de ser otra teoría. Lo único que puedo hacer es compartir mi experiencia y mi visión por si algo de ella a alguien le fuese útil. Para mi, somos la conciencia que experimenta todo cuanto ocurre, sentimos y pensamos. Somos los experimentadores de la vida. Y cada cual la experimenta en base a unos valores. Pero voy a decir algo que quizás impacte. No creas nada de lo que te digo. No creas nada de lo que hay en esta página web, sino que ve y experiméntalo por ti mismo. En esa experiencia íntima de lo que aquí se dice, aquello que encaje en TÚ FORMA DE SER Y TE DE PAZ INTERIOR TÓMALO, EL RESTO DESÉCHALO. Porque de lo que se trata es de que tú estés en paz, no de que creas en lo que yo digo. Si me sigues a mi, no te estarás siguiendo a ti mismo. El ser humano no necesita “maestros” que le digan cómo ha de ser, lo que necesita es descubrir SU PROPIO MAESTRO INTERIOR. Sí, puede que no lo creas, pero tú tienes tu propio maestro interior. Tienes tu propia sabiduría interna, que es tan válida como la de cualquier otra persona.